Relatos/Short Stories

El aire que respiro

Esta es la segunda parte del relato “El Lobo”. Aviso que no es el final, todo esto forma parte de una serie de relatos cortos. No pienso desvelar más sobre la trama, simplemente disfrutad y comentad.

“Estaba tumbado en la cama cuando abrí los ojos y vislumbre un rayo de luz que penetraba por la persiana. Estaba entumecido, dolorido, como si hubiera pasado una guerra. No recordaba nada en aquel momento, estaba en blanco. Me levante y fui hacia el lavabo. Apenas podía recordar. Me mire en el espejo de la pica y vi que no llevaba nada encima y que mi torso estaba lleno de magulladuras, arañazos y sangre seca, al igual que mi cara. “¿Qué demonios?” No entendía nada. Decidí darme una ducha para recuperarme y calmar con agua tibia las heridas y los golpes. Al cabo de un cuarto de hora estaba de nuevo ante el espejo. Me miré bien, miré todas las partes de mi cuerpo en busca de más hematomas, estaba lleno. No sabía que pensar, no recordaba nada que pudiera explicar todo aquello.

Algo pasó mientras yo me miraba en el espejo. De repente pude distinguir como mi reflejo se movía por cuenta propia. ¿Era yo o mi cabeza? Era un reflejo diferente… No era como yo me veía. Lo que veía no parecía ser yo, y ¿si no era yo quien era? Mis brazos eran mucho más gruesos, mi pecho más grande y fuerte, y mis manos más duras con dedos más largos cuyas uñas parecían acabar en punta. Todo era diferente a la imagen blanca, limpia y pura que se movía en el espejo ante mis ojos. Aún así la cara era mía…

Procuré salir lo antes posible del baño, vestirme y salir de mi piso. En la calle el frío que bajaba a grandes zancadas de la montaña me hizo gemir de dolor por los cortes que llevaba en la cara. Era un día extraño. Fui paseando por toda la ciudad, y con cada paso que daba mi mente intentaba adentrarse más en los recuerdos para así poder llegar a fondo de todas las señales que mi cuerpo mostraba. Comí en un sitio cuyo nombre no recuerdo, y seguí paseando por las calles solitarias junto con el viento y el frío. El parque fue mi gran descanso. No se las horas que pasé sentado y caminando por sus sendas, y para cuando me di cuenta de lo que hacía ya había oscurecido y el parque estaba cerrado. Solo las farolas con su luz amarillenta y gastada me hacían compañía, pero ellas también me abandonaron en poco tiempo, ya que es norma que se apaguen las luces del parque a partir de las diez. Ahora estaba solo, en la oscuridad. ¿Qué ocurre cuando uno se queda envuelto en la negrura de la noche? Yo os diré que ocurre. Nada. O al menos es lo que yo creía. En aquel momento sin poder distinguir nada en la penumbra, cerré los ojos y presté atención, era la única manera de salir de allí. No se escuchaba nada, solo el frenético latido de mi corazón y mi respiración pesada. Pude escuchar el pitido de un coche a lo lejos, pero no hice caso de él y en lugar de hacer lo que una persona normal y seguir hacia el sitio de donde venia el ruido de coches, hice todo lo contrario. No sé… no tenía control sobre mis piernas y los pensamientos eran vagos, solo una sensación de libertad y paz me envolvía. Me sentía extasiado, animado y salvaje. ¿Qué tiene la noche que te embruja de tal manera? Siempre he vivido con la sensación de que la noche era el lado oscuro, el malvado de las 24 horas que representan el día, y ahora sentía todo lo contrario. Con los ojos cerrados podía oler la mezcla del aire frío y el olor de los abedules y pinos que yacían plantados alrededor mio. Con los ojos cerrados podía sentir como el aire se contorneaba alrededor mio, acariciándome cada vez que pasaba como si me intentara esquivar delicadamente. Con los ojos cerrados podía escuchar cosas que nunca había escuchado. Con los ojos cerrados podía ver lo que la vista me impedía.

Pasé un buen rato embriagado en aquellas sensaciones tan puras y adictivas. Cuando abrí los ojos la luna me iluminaba con una fuerza ancestral que me hacía vibrar por dentro. Pude notar como mis pupilas se dilataban, pude notar como la sangre se aceleraba por mis venas, pude…pude…pu…”

Un pensamiento en “El aire que respiro

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