Relatos/Short Stories

El olor a vida

Esta es la tercera parte de la serie de relatos que empieza con El Lobo.

Hace semanas que no pisa el suelo de su casa. El apartamento está ahora vacío y solitario, en silencio, solo el polvo hace un ruido imperceptible durante una milésima de segundo en el momento en el que se posa encima de los muebles. Su nuevo hogar es otro ahora. El bosque del parque es donde vive. Junto con lo salvaje y la naturaleza, junto con lo que le hace ser lo que es, junto, y solo al mismo tiempo. Ya hace días que no come, pero tampoco lo necesita. El bosque se lo da todo, la luna y la noche son sus amigos y guías que le llenan el espíritu de vigor. No hay remedio ya. Por sus venas corre la sangre de sus antepasados y lo único que siente es la fuerza y el linaje de los de su estirpe. Ya nada queda de aquel humano frágil y perdido entre la multitud, ya nada queda de aquella persona pisoteada y reducida por el peso de ser un ser humano. Ahora era algo nuevo, y solo en las noches sin luna, en sus sueños, recordaba como era antes, pero ya no había marcha atrás. Allí era él, allí era libre y podía aspirar el aire frío y húmedo sin que los pulmones le dolieran.

Allí estaba aquella noche también, olfateando las brisas y escuchando los cánticos de la noche. Allí estaba en medio de la penumbra cuando oyó un grito no muy lejano. Se giró de repente, olfateó el aire para poder seguir el rastro. Pudo oler el miedo y algo nuevo, algo curioso. ¿Qué era? Olía extraño. Con el tiempo su olfato se había acostumbrado a la gente y todo lo que le rodeaba; de por si la naturaleza olía a libertad mientras que la gente tenía un olor particular, desagradable, depresivo y repugnante para él. Volvió a olfatear y en seguida supo lo que era, era el olor a vida. Abrió los ojos de par en par, miró hacia donde el olor le guiaba, cogió aire con fuerza y aulló brutalmente.

Empezó a correr, esquivando los árboles, rompiendo las ramas, dándose empuje con los troncos. Nada lo podía parar. Una vez en la calle siguió corriendo guiándose por lo que sus orejas le decían. Escuchaba las voces. El miedo le hacía sentirse frenético, le encantaba, le hacía sentir el poder entre sus manos. En las calles las farolas estaban liderando su propia guerra, se alzaban como héroes luchando con todas sus fuerzas contra el ejército oscuro de la noche. Ya estaba más cerca.

Al llegar escuchó la voz de dos hombres y los gemidos y los llantos de otras dos personas. Se quedó en la oscuridad de una esquina, y solo el destello de sus ojos se podía distinguir. Estaba al acecho.

– ¡Dame todo lo que tienes o te juro que el criajo muere!

– ¡No, por favor! ¡Es todo lo que tengo, no hay más!

– Algo más si que tienes. Aguanta al mocoso colega, yo le enseñare a esta. La mujer estaba asustada, sabía lo que iba a pasar. Oponer resistencia sería lo peor que podía hacer. El individuo se le acercó agarrándola por el pelo tirándola al suelo.

Sus ojos desde la oscuridad estaban fijados en todo lo que pasaba. Él solo quería una cosa, así que decidió salir e intervenir. Salió de la oscuridad con un aullido y cargando contra todo lo que se le anteponía. Los dos individuos se giraron de golpe y vieron como una sombra se les iba echando encima con la velocidad de un rayo. En la embestida uno cayó al suelo y el otro fue empotrado contra la pared de un edificio. La mujer recogió a su criatura y se escondió. Desde allí pudo ver como los hombres eran atacados por algo, una bestia que parecía humano pero con la fuerza de un semidiós. Lo intentaron atacar de distintas maneras, pero él podía oler el pánico y el miedo que sus cuerpos sudorosos desprendían, sabía que tenía ventaja. Uno se le acercó con un cuchillo en la mano intentando herir a la bestia, pero el golpe nunca llegó. En cambio un crujido de huesos rotos resonó y el eco del grito provocado por el dolor. Con una sola mano el brazo de aquel individuo quedó partido por la mitad. Él hacía lo que quería, estaba jugando con ellos, no los quería matar, no le servía para nada, solo quería que se largaran de allí. Pero eso no ocurrió. Uno de los dos sacó una pistola, y sin saber donde apuntaba disparó sin más, bajo la presión del pavor de la situación. El disparo hirió a la bestia en el abdomen. Pudo sentir el dolor, pudo notar como algo caliente salía de sus adentros. Ver aquel color rojo en sus propias manos hicieron que su cuerpo se tensara, su respiración se acelerara, notaba el corazón latiendo con la fuerza de mil demonios. Apretó los puños, sus brazos se tensaron, los músculos se endurecieron como rocas, todo su cuerpo estaba en trance. Y en ese momento de su garganta salió el rugido más salvaje que nadie puede imaginar. Rugió como mil leones enjaulados, rugió como las llamas del infierno, rugió como los truenos del Apocalipsis. Y es que en ese momento con las pupilas dilatadas, se abalanzó sobre los dos y empezó a golpear a diestro y siniestro. Gotas de sangre le salpicaban el rostro, podía notar cada golpe, cada mordedura, cada patada, podía notar el trágico aliento de sus presas, podía sentir el dolor de sus cuerpos, podía ver como esos seres se iban apagando bajo su brutalidad. Para cuando el fuego de su furia bajó en intensidad, ya nada quedaba en pie. Ya nada quedaba de esos dos. Tiró al suelo lo que parecía un brazo y se sentó. En ese momento la criatura de la mujer empezó a llorar. Eso le hizo sobresaltar. Era por eso por que estaba allí. Se levantó agarró a la mujer por el brazo, la miró a los ojos y le arrebató a la criatura. Al ver al bebé, le acercó la cara, lo olió mientras abría la boca mostrando sus colmillos. ¡Ah, ese olor! Retorcerle el cuello y acabar con él hubiera sido rápido y fácil y eso le gustaba, le hacía sentir el éxtasis del poder. Pero no lo hizo. En lugar de eso cogió el bebé y salió corriendo.

– ¡No! ¡Por favor, no!- la voz se le quebraba en llantos, ella sentía la impotencia, no podía hacer nada, no después de ver todo lo que vio. Y ahora tenía el corazón en una garra que lo oprimía, allí de rodillas en el suelo desgarrada por el dolor.

La bestia corrió rápido y no estaba muy lejos de su hogar. Pero algo le hizo parar. Cuando se detuvo miró extrañado a la criatura que tenía en brazos y la volvió a oler. Olía a vida. Le gustaba la vida, era frágil y dulce y lo saciaba. En aquel momento ese olor a vida le hizo sentir algo, algo que por su propia experiencia solo le pasaba en las noches sin luna. Imágenes borrosas empezaron a pasar por su mente. Primero un niño jugando, luego una mujer bailando, después un hombre riendo, y por último los tres juntos abrazados y riéndose. Sacudió su cabeza, se sentía entumecido. La sangre aún le chorreaba de la herida de bala. Se tocó el abdomen y frunció el ceño por el dolor. Miró a la criatura que tenía en manos. Sentía como se mareaba, quizás por la sangre perdida, quizás por el cansancio o quizás por las imágenes. Fuera lo que fuera lo hizo tomar una decisión rápida. Dio media vuelta y corrió como pudo hasta la callejuela donde había ocurrido todo lo anterior. La mujer aún estaba allí de rodillas llorando, cuando vio como la bestia se acercaba hacia ella. Paró delante de la mujer, dio tres pasos lentos y se agachó para dejar al bebé justo en la falda de su madre. Por un momento pensaba que su bebé estaría muerto, pero cuando vio como este se movía un sonrisa de alegría le iluminó el rostro. Levantó la cabeza y miró a la bestia a la cara, quiso darle las gracias, pero no sabía como, así que solo asintió con la cabeza riéndose entre las lágrimas que aún caían de sus ojos. Él lo entendió y gruño suavemente agachando la cabeza.

Volvió a su bosque, donde con agua fría del río y algunas hojas de varias plantas se intentó curar la herida y descansar. Entró lentamente en su escondite, pronto el día rompería las filas del ejército oscuro y el rey Sol destronaría una vez más durante unas horas a la oscura reina llamada Noche.

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