Relatos/Short Stories

La conquista

En algún lugar de Francia 1501…

-Todo está preparado señor.

-Estupendo monsiuer Jean. En media hora despegaremos.

“Me llamo Richard Montpellier. Soy almirante de la marina francesa, bajo ordenes de su majestad el rey Luis de Orleans. El Imperio me ha concebido el honor de realizar la tarea de explorar nuevos horizontes, territorios desconocidos. Hace unos años el español Cristóbal Colon descubrió nuevos territorios hacia el oeste. Las Américas lo llaman, el Nuevo Mundo. Mi misión consiste en seguir explorando los territorios hacia el oeste, establecer una colonia y conseguir formar un fuerte. Sería la primera colonia del Imperio. Nos esperan tiempos duros. No se exactamente cuanto tiempo tardaremos en llegar. Tenemos noticias de que los portugueses ya han establecido un fuerte lo cual complica la misión. Debemos evitar contacto directo con el Imperio Portugués. Aunque la misión se haya llevado en secreto, soy consciente de que nuestra partida estara en el punto de mira. Hay demasiado en juego. ¡Qué Dios nos bendiga!”

En algún lugar de Inglaterra 1501…

Señor el buque está cargado, ya no queda nada en el muelle.

– Bien, bien. Cuanto antes partamos mejor. Prepara a la tripulación, quiero hablarles de la suma importancia de esta misión.

-Entendido señor.

“Me llamo James Richardson Owen. Capitán General de la marina Británica, bajo el mando de Enrique VII. Llevaré a cabo la misión de exploración de la parte nórdica de los nuevos territorios del Nuevo Mundo. Los portugueses han establecido puntos en la parte del este de las nuevas tierras, por lo tanto hay que esquivarlos, un contacto directo supondría una guerra o por lo menos el comienzo. Evitar ataques de cualquier tipo nos beneficiaría para así poder adentrarnos en los territorios vírgenes y poder después organizar una colonia lo suficientemente cerca de las orillas del Atlántico y lo suficientemente lejos para no recibir ataques por vía marítima. Hemos estudiado todas las posibilidades y hemos concluido que esta era la mejor, por lo tanto zarpar cuanto antes supone una mínima demora en la aplicación de nuestros planes. El Imperio es grande y crecerá. El mundo sentirá la implacable fuerza de nuestra sangre. ¡Por Britannia!”

Los dos barcos zarparon de sus puertos dirigiéndose hacia el nuevo destino. Pero el destino es caprichoso, es algo difícil de manejar, astuto, y vigilante espera como una serpiente venenosa para primero morder y envenenar el corazón de su presa, y finalmente conseguir lo inevitable…

Día 3

“Han pasado tres días desde nuestra partida del puerto de Francia. Han transcurrido rápido sin muchos sucesos indeseados. Espero que siga así. No me gustaría verme obligado a tomar medidas justo ahora al principio del viaje. Nos dirigimos hacia el norte para así acortar un poco la ruta y evitar un encuentro con algún barco de la armada española y los portugueses. Si todo sigue así el viaje durara menos de lo esperado, ya que el viento sopla por popa lo que hace que el avance sea bueno. Cerrare esta entrada.”

Día 5

“ De momento han pasado los cinco días sin ningún tipo de incidente. El viento es bueno. Tenemos la bendición de Britannia. Si todo transcurre con la misma normalidad pronto estaremos en las nuevas tierras. He notado que han bajado las temperaturas. Nos acercamos a la parte helada de la que había leído. Procuraré no acercarme demasiado, nunca se sabe que peligros puede traer este infierno helado del que me han hablado. He dejado al mando a mi subalterno, así que cerraré esta entrada.”

Día 6

“Esta mañana el viento se ha intensificado. La tripulación se está impacientando, ya que no sabemos exactamente cuanto tardaremos en llegar. Las temperaturas han bajado drásticamente conforme nos acercamos a las zonas heladas del norte de las que mi fiel amigo Fabrice me habló. Francia queda lejos ya. Nos encontramos en medio del mar helado a una distancia de la nada, de la incertidumbre. Cierro esta entrada.”

La primera semana y media de viaje no presentó mas que bajadas de temperatura. El frio helado de los lares del hemisferio norte despuntaba sus afilados colmillos invocando al miedo y la incertidumbre en el pequeño corazón del humano de los dos buques.

Día 11

“Una fuerte tormenta helada nos ha cogido desprevenidos. Se ha cobrado una vida. Los oleajes han arrastrado al marinero hasta sus fondos crípticos donde los témpanos de hielo reinan por soberanía. No pudimos hacer nada. Que Dios lo tenga en su bendita gloria. La tripulación está más asustada que antes. Yo también. Las noches se hacen eternas, el sueño huye de mente y el frio me penetra hasta los huesos. Espero que pronto pase todo esto. He pasado por muchas situaciones complicadas durante mis años en la flota del Imperio, pero juro por Britannia que nunca el frio ha conseguido desmoralizarme. Intentare descansar. Cierro esta entrada.”

Día 13

“Uno de los tripulantes me ha informado de que han avistado un cuerpo en el agua. Así que decidimos pescarlo. Estaba congelado, literalmente. Su rostro estaba azulado. No sabíamos de donde había salido, pero una cosa si la tenía clara, era de la marina británica. Su uniforme empapado y helado me desveló uno de mis peores temores, el Imperio Británico sabía de nuestra partida, lo cual significa que nos están acechando. Estarán cerca…”

Día 15

“El frio se ha apoderado del clima y las temperaturas rozan lo inimaginable. Nieva copiosamente. Entre copos y copos lo más cercano que la vista alcanza es el oleaje que golpea los costados del buque. Se que los ingleses no están lejos. Según mis cálculos, si han zarpado el mismo día que nosotros, pronto estaremos cerca. Los deberes me exigen.”

Día 15

“Mis cálculos han sido correctos. Hemos avistado el buque británico a una corta distancia. Solo la nieve y el mar se opone ante el encuentro. La tripulación está preparada. He mandado cargar los cañones. ¡Qué Dios se apiade de nuestras almas!”

Día 16

“Esta madrugada hemos avistado un buque desconocido acercándose por popa. ¡Maldita sea! nos ha cogido desprevenidos. Temo que no sean piratas. Solo unas millas nos separan, pero la nieve y la niebla nos ciega. He mandado prepararnos para un ataque. ¡Nadie intenta atacar un buque de la marina británica!”

Aquel día se hizo eterno. La nieve caía sin cesar y la niebla se había apoderado por completo del horizonte. Los dos buques estaban preparados. Hacia el mediodía el encuentro fue inevitable. En aquel infierno gélido el silencio se rompió con la primera explosión de uno de los cañones. Seguidamente los gritos, los fuegos, las explosiones repetidas, se apoderaron del pequeño bucle en el que la espesa niebla había cercado a los dos oponentes. Los gritos de dolor, astillas volando, madera rompiéndose en mil pedazos, ordenes gritadas a pleno pulmón desde el puente de mando… eso es lo único que se escuchaba en aquella parte del vasto y extenso mar. Las olas rompían en los costados devastados de los buques apagando los fuegos provocados por los cañones. Ya no había silencio, no en esa gélida parte del infierno terrenal.

Pero más allá de la pequeña burbuja creada por la niebla, donde la vida se iba apagando, había algo, había algo esperando, en silencio irguiéndose majestuosamente, peligrosamente y monstruosamente de los confines del océano. Esperaba.

Richard Montpellier hizo lanzar los botes salvavidas y así una parte de los marineros que no perecieron envueltos en llamas se salvaron, por el momento.

James Richardson Owen no tuvo la misma suerte. Lo último que sus ojos pudieron ver fue el enorme bloque de hielo que yacía delante del buque y que al colisionar con el buque partió por la mitad la húmeda madera del casco. Lo último que sus oídos pudieron escuchar fue el estruendo del choque y la madera partiéndose. Pronto el buque se hundió. James y sus tripulantes iban abandonando este mundo envueltos en las cálidas llamas de las explosiones y helados por la fuerza bruta del norte. Fuego y hielo, caprichosa naturaleza, insignificante vida humana.

Poco a poco, después de días a la deriva, los botes salvavidas del buque francés fueron reduciendo en número. De cinco solo quedaba uno, en el que quedaban dos hombres vivos, Richard Montpellier y Pierre Dumais de Perpignan. El frio, el hambre, las heridas, se habían cobrado vidas.

Montpellier estaba herido, sangraba lentamente, pero pudo aguantar durante días. No se pudo decir lo mismo de su fiel compañero.

Poco a poco las temperaturas fueron subiendo, la nieve dejó de caer y el hielo ya no quedaba a la vista. Montpellier estaba en estado de conmoción cuando Pierre abandonó este mundo. Al despertar tuvo que arrojar su cuerpo al mar no antes de bendecirlo. Montpellier cayó en un profundo sueño del que despertó, no se sabe si días u horas después, debido al golpe que su bote recibió al llegar a tierra.

Richard Montpellier hizo un último esfuerzo en bajar del bote al ver la firme explanada de tierra que se extendía ante sus ojos. Sentía que estaba a salvo, sentía que lo había logrado. Y allí, en tierra de nadie, ante una vasta naturaleza, de pie, pronunció sus últimas palabras antes de desplomarse…

“Señor, lo he conseguido…”

Pero así es el destino caprichoso, algo difícil de manejar, astuto, y vigilante. espera como una serpiente venenosa para primero morder y envenenar el corazón de su presa, y finalmente conseguir lo inevitable…

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